Empiezas a construir y construir y construir. El olor del dinero cruza fronteras y llegan los sabuesos. Unos raquíticos y hambrientos; indios y pakis que, en oleadas, dejan su humilde origen en busca de comida para las bocas de su familia, que les espera en su tierra. Otros orondos y pomposos, con elegantes corbatas y lustrosas tarjetas de visita bajo el brazo. Todos ellos se cobijan al calorcito de tu megalomanía constructora que, como el dinero del agujero, no se acaba.
Así, construyes enormes hoteles y centros comerciales, con acuarios y zonas de esquí, piscinas sicodélicas y pistas hielo para patinar (¡En el desierto!); los arquitectos hacen su agosto diseñando hoteles imposibles en tu ciudad de juguete. Y tu quieres más.
Tú afan de autosuperación no tiene límite y pides edificios más altos que ningun otro jamás, centros comerciales más grandes, donde esten las marcas más exclusivas, archipielagos artificiales en forma de palmera, primero una y luego otra, más grande. Ahora una en forma de globo terráqueo.
Aquellos sabuesos, los flacos y los gordos, siguen viviendo en tu ciudad de juguete, al menos mientras manen tus petrodolares de la negra fuente.
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