India es un país racista y clasista. Como tantas otras cosas en India, es paradójico. Cuesta entender que dentro de esta mezcolanza de culturas, razas, credos e idiomas exista un sistema tan estanco y brutal como las castas.
No es sólo que el mendigo que pide en la calle este a años luz de
Amitabh Bachchan. Eso, al fin y al cabo, eso pasa también en España.
Aquí cada uno está en su sitio y tienen claro quién está por encima y quién está por debajo. Es, como digo, un status estanco, tajante que hace que se comporten casi despóticamente, como regodeándose.
Por ejemplo, voy al gimnasio y veo como el entrenador personal seca servilmente las manos de un cliente. Cinco minutos después, veo al mismo entrenador gritando y abroncando al
walla (chico de los recados) porque le ha dado mis zapatos a otra persona.
Ahora que lo escribo, me doy cuenta de que no es tan impresionante el hecho, como la actitud que transmiten.
El sistema de castas lleva cerca de 5.000 años vigente y está casi inserto en el ADN de los indios. Tan es así que a veces uno tiene que adaptarse y adoptar esa actitud de ordeno y mando y más te vale hacer lo que yo diga.
Otro ejemplo. Cunado salgo de la oficina , he de coger un taxi a mi barrio, Bandra West. Es un barrio que queda relativamente cerca, así que a los taxistas no les gusta tomarse la molestia. Por eso, si les pregunto ¿me llevas a Bandra? ponen cara rara, o se ríen de mí y miran para otro lado.
Fue un amigo indio quien me aconsejó que no preguntara. Lo que he de hacer es entrar al coche y decirle "A Bandra".
Funciona.